sábado, 5 de mayo de 2012

El fin de la Era de Milton Friedman

J. Bradford Delong /27/02/2008

Berkeley – El profesor de Harvard Dani Rodrik, quizás el más brillante economista político de mi generación, señaló hace poco en su blog que un colega ha declarado las pasadas tres décadas como "la Era de Milton Friedman". Según esta opinión, la llegada al poder de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Deng Xiaoping produjo un enorme salto hacia adelante en términos de libertad y prosperidad. Estoy al mismo tiempo de acuerdo y en desacuerdo con esta afirmación.

A lo largo de su vida, Friedman adhirió a los siguientes cinco principios básicos:

1. Una política monetaria fuertemente antiinflacionaria.

2. Un gobierno que comprende que es agente del pueblo y no un dispensador de favores y beneficios.
3. Un gobierno que no se inmiscuye en los asuntos económicos de las personas.
4. Un gobierno que no se inmiscuye en la vida privada de las personas.

5. Una creencia entusiasta y optimista en el poder del libre debate y la democracia política para convencer a las personas de adoptar los principios (1) al (4).

Si se compara su accionar con estos principios, Reagan no siguió (2) ni (4) y adoptó (1) sólo cuando no tuvo otra opción: la política antiinflacionaria de Paul Volcker en los años 80 desencantó a varios de los más cercanos asesores de Reagan. Thatcher no siguió el punto (4). Y Deng, si bien significó un gran avance con respecto a sus predecesores Lenin, Stalin, Krushchev y Mao, no siguió ninguno de ellos, con la posible excepción de (3). No sabemos cuál era el conjunto de disposiciones económicas deseadas por Deng cuando se refería a un sistema de "socialismo con características chinas", y lo más probable es que él tampoco lo supiera.

Sin embargo, estoy en parte de acuerdo con la propuesta de la "Era de Friedman", porque sólo el conjunto de principios de Friedman sirvió como una propuesta segura de si misma para explicar el mundo e indicarnos cómo cambiarlo. Aún así, yo establecería un conjunto de principios que le sirvieran de contrapeso, porque creo que -a fin de cuentas- los principios de Friedman no cumplen lo que prometen.

Mis principios partirían con la observación de que las economías de mercado y las sociedades libres y democráticas se construyen sobre una base muy antigua de sociabilidad, comunicación e interdependencia humanas. Esta base sufría ya suficientes dificultades cuando las sociedades humanas contaban con 60 miembros, es decir, ocho órdenes de magnitud menos que los seis millones de nuestra sociedad global actual.

Así, mis principios se desarrollarían a partir de la vieja observación de Karl Polanyi de que la lógica del mercado significa una presión considerable sobre estos cimientos. El mercado del trabajo impulsa a las personas a desplazarse a donde puedan ganar más, al precio de potencialmente crear extranjeros en tierras foráneas. El mercado de bienes de consumo hace que las prioridades de las condiciones de vida de los seres humanos respondan más a las fuerzas del mercado que a las normas sociales y a las visiones acerca de la justicia.

Por supuesto, esta crítica al mercado es unilateral. Después de todo, otras formas de asignación de mano de obra parecen implicar más dominación y alineación que el mercado laboral, que ofrece oportunidades -no limitaciones- a las personas. De manera similar, las "normas sociales" y las "visiones acerca de la justicia distributiva" suelen terminar favoreciendo a quien tiene más poder o puede convencer a los demás de que obedecer a los poderosos significa obedecer a Dios. Las disposiciones del mercado tienen un mayor componente meritocrático que sus alternativas y estimulan un espíritu de emprendimiento de suma positiva, facilitando en mayor medida el que se termine haciendo el bien si se hace lo correcto.

En todo caso, la distribución del bienestar económico producido por la economía de mercado no se ajusta a ninguna concepción de lo justo o lo mejor. De manera correcta o errada, confiamos más en la aptitud y corrección de las decisiones políticas tomadas por representantes electos democráticamente, más que en decisiones tomadas implícitamente por las consecuencias no previstas de los procesos del mercado. También creemos que el gobierno debe jugar un importante papel en regular el mercado para evitar grandes depresiones, redistribuyendo el ingreso para producir un mayor bienestar social, y evitando estructuraciones industriales inútiles producidas por las modas y tendencias que cruzan las mentes de los financistas.

De hecho, existe un argumento conservador para los principios democráticos. La democracia social posterior a la Segunda Guerra Mundial produjo las sociedades más ricas y justas que haya visto el mundo. Uno puede quejarse de que las políticas industriales y de redistribución eran económicamente ineficientes, pero no de que fueran impopulares. Parece que podemos afirmar con propiedad que estabilidad política de la era de posguerra debe mucho a la coexistencia de economías de mercado dinámicas y en rápido crecimiento junto con políticas de democracia social.

Friedman habría respondido que, dado el estado del mundo en 1975, avanzar en dirección a sus principios fue una gran mejora. Cuando pienso en la política energética de Jimmy Carter, en Arthur Scargill al frente de la unión de mineros británicos y en la Revolución Cultural de Mao, me cuesta mucho no estar de acuerdo con él acerca del mundo a mediados de los 70, pero allí es donde trazaría la línea: si bien ir en la dirección de Friedman fue sin duda algo positivo en la generación pasada, son mucho más inciertos los beneficios de seguir avanzando en esa misma dirección en el futuro.


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