martes, 1 de noviembre de 2011

Un Nobel de Economía a la medida de la OECD

Juan Carlos Escudier

A Christopher Antoníu Pissarides, natural de Nicosia (Chipre) y premio Nobel de Economía de 2010 junto a los profesores Diamond y Mortensen por sus estudios sobre el desempleo, le imaginaba uno en España tan emocionado como lo hubiera estado Moisés poniendo pie en la Tierra Prometida o, mejor aún, como a un niño encerrado en una tienda de gominolas, siendo como somos los mayores productores de parados del mundo desarrollado, es decir la gran fábrica de chocolate del desempleo. Con semejante teórico del paro, ni que decir tiene que la conferencia magistral que pronunció ayer en la Fundación Rafael del Pino prometía bastante, aunque él mismo se encargó de rebajar las expectativas de manera fulminante: “¿Que qué hay que hacer para generar muchos puestos de trabajo?… No lo sé”.

Pissarides y sus colegas recibieron el Nobel por un modelo matemático que sistematiza las fricciones que empresarios y trabajadores sufren antes de encontrarse, y las circunstancias que determinan la búsqueda de empleo, la aceptación del trabajo y el salario. El grecochipriota es de los que piensan que la flexibilidad del mercado laboral ha de ser absoluta, que ninguna regulación ha de determinar el sueldo que las partes pactan y que la estructura de algunos subsidios desincentiva la búsqueda de empleo. En definitiva, que este Nobel no es un bolchevique sino más bien todo lo contrario.

Pese a describir el caso español como “un laboratorio perfecto para estudiar el empleo y el desempleo”, lo cierto es que la disertación puso de manifiesto que su conocimiento sobre nuestra realidad laboral no pasaba de superficial. Tal es así que a la pregunta de si la existencia de un salario mínimo era una cortapisa y si debía eliminarse contestó que se había enterado esa misma tarde de la cuantía del SMI de España. “Si la cifra que me han dado es correcta (es de suponer que le dirían que 641,4 euros al mes), la respuesta es que no, porque es muy bajo”. A su juicio, cinco euros por hora para un trabajador joven es un nivel adecuado, algo así como la mitad de lo que se gana fregando escaleras.

De hecho, lo más enjundioso de la charla fue su explicación de por qué en Ikea uno tiene que buscarse la vida para llevarse los muebles. El motivo es que en los países escandinavos se pagan muchísimos impuestos, con lo que se subsidian empleos en Sanidad, Educación o Servicios Sociales. En el sector servicios, por el contrario, esta carga tributaria provoca que los precios sean altísimos, que las tiendas apenas tengan empleados y que los nórdicos salgan poco a cenar y se pinten ellos mismos la casa.

Volviendo al caso español, Pissarides extrajo varias conclusiones de las gráficas de la OCDE con la que ilustró al auditorio. La primera de ellas es que en España no se genera bastante trabajo a tiempo parcial, lo que determina que las mujeres casadas y con hijos tengan muchas dificultades para permanecer en el mercado laboral. Si un servidor le entendió bien, su ramalazo machista es de padre y muy señor mío: “Mejor media jornada que una entera, porque así las mujeres tienen más tiempo para hacer las tareas domésticas”. Y , de paso, serán determinantes para que una mayoría de hombres puedan cobrar sus pensiones, ahora en peligro.

Para el Nobel, los trabajos de media jornada no son de peor calidad, ya que desde el momento en que se acepta un empleo la calidad se sobreentiende. Cuando se le recordó que era muy probable que se admitieran estos trabajos porque no existían otros a jornada completa, aclaró la cuestión: ·”Mejor dos personas a media jornada que una en el paro”.
Otra de sus conclusiones es que la alta volatilidad del empleo en España y la desmadrada tasa de paro no se explica ni por la caída del sector de la construcción ni por la contracción del PIB, ni por la excesiva presión fiscal. ¿Por qué entonces? Pues porque es el mercado más regulado de la OCDE, “a excepción de Luxemburgo que no cuenta”, porque las subvenciones sociales no promueven el empleo (vino a decir que antes que un cheque-bebé hubiera sido preferible un vale en el Carrefour) y porque la estructura de contratos tiene los varones mayores muy protegidos, debido en gran medida a que los sindicatos mandan mucho. “No hay ninguna excusa para no tener un único contrato de trabajo”.

Hubo quien le preguntó si ampliar la edad de jubilación hasta los 67 años podía ser contraproducente en un país con casi un 50% de paro juvenil. No y mil veces no, subrayó el de Nicosia. “En EEUU no hay jubilación, la gente trabaja hasta más de los 70 años y el paro es menor que en Europa”. A su juicio, quienes trabajan hasta los 67 generan más consumo, porque los jubilados “tienden a quedarse en casa” o –y esto es cosecha propia- se limitan a ir a ver las obras.
Sin señalarlo expresamente, sugirió que, precisamente, el de EEUU era el modelo a seguir, y para salvar la aparente contradicción con la subida del desempleo que ahora les aflige explicó que ello era debido a la crisis del mercado de la vivienda: “Reduce la movilidad porque si no puedes vender la casa no te vas a otro sitio”. Si algún día Pissarides pierde su empleo en la London School of Economics, que sepa que la OECD le recibirá con los brazos abiertos.

Cuarto Poder

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